Las baldosas descolocadas se hundían a un
ritmo constante, despidiendo un “toc-toc” incesante. Aplausos a cada movimiento
de los corredores, que desbordaban de felicidad cuando cruzaban una de las
trampas que planteaba la pista, descontrolaban más el ya enloquecedor ruido del
centro platense. Una rampa en condiciones generaba una ovación similar a la
efervescencia de los aficionados en las gradas de un campo de fútbol. Un bocinazo, de un conductor que pedía que se apresuren los jóvenes que
debían bajar de espaldas el cordón de la vereda, contrastaba con las sonrisas
de emoción de aquellos que habían nacido en silla de ruedas y ahora tenían a su
lado ciudadanos que buscaban concientizar del Rally de todos los días.