Cada botella o bolsa tirada en el suelo se
pegaba en las ruedas, aumentando el nivel de dificultad del recorrido. Cada bocacalle
era un desafío para los que se habían montado ese día sobre la silla. Una
escuela, un edificio estatal o inclusive una biblioteca, son sólo algunas de
las estructuras que se olvidaron de colocar rampas en su entrada, dejando de
lados a aquellos que no pueden pisar las escaleras. Una calcomanía le daba
color a un auto infractor, y así lo
galardonaba su estampa: “Yo tape un rampa” o “Yo ocupé un estacionamiento
medido”.
Un colectivo se detuvo, pero nadie se subió
en él. Un robusto hombre, con buenas intenciones, quiso levantar a quien desde
su silla de ruedas había estirado el brazo, pero el conductor siguió camino al
ver la muchedumbre de remeras negras. “Cuando vi que ningún colectivo paraba,
me quería poner a llorar”, dijo Sandra, participante del Rally del 15 de marzo
como voluntaria.
Un cordón roto, casi hace caer de bruces a una
mujer que experimentaba por primera vez la sensación de bajar la vereda de
espaldas. Un niño, que la mayor parte de su vida convivió con su silla -
incluso ya tiene nombre -, trató de ingresar a un cine céntrico de la capital
bonaerense, pero no pudo siquiera acceder a preguntar cuánto estaba el boleto.
La ONG “Acceso Ya”, junto a autoridades de la
facultad de ciencias jurídicas, convocaron a más de cien personas al casco de
La Plata para concientizar a
funcionarios municipales para que eliminen las trampas y las barreras
estructurales, que en ese momento indignan a ciudadanos sin ninguna
discapacidad que se montaron en las sillas de ruedas como voluntarios, pero que
representan el Rally cotidiano de muchas personas que deben trasladarse por la
ciudad. Además, la ONG buscó con esto, instaurar al 15 de marzo como el Día
Nacional de la Accesibilidad, que permita a todos los ciudadanos no sólo tener
las mismas posibilidades, sino sentirse propiamente iguales.
Fernando Brovelli
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